jueves, 28 de diciembre de 2017

UN AÑO NO ES NADA

     ¿Letra de tango? ¿Dicho popular? ¿Verdad? ¡Vaya usted a saber!
    Un año más. También un año menos. ¿Lleno, vacío? ¿Todo es relativo? 
       ¿Cuantas esperanzas, deseos, miedos, preocupaciones han quedado cubiertas por la niebla?Cumplidas unas, satisfechas otras, disueltas las más.
       No tengo la sana costumbre de hacer balance cada cierto tiempo, sin embargo hoy miro hacia atrás sin nostalgia y, sí, con un poco de ira. 
        Empiezo a preguntarme cosas que nunca había puesto en entredicho.Soy un ciudadano español. ¿Quiere eso decir algo aparte de la posesión de un pasaporte y que pago mis impuestos en España?
          De joven, cuando a base de mover un dedo a la orilla de las carreteras, viajé por Europa. ( Sí, se podía salir del país aunque al regreso había de tenerse cuidado con los libros que llevabas en la mochila).Al preguntarme por mi nacionalidad, yo respondía altanero, como el Don Juan de Sáenz de Heredia:¡ESPAÑOL!
            Ya mayor, en un congreso pedagógico en Italia cuando alguien comentaba algún detalle mío de cortesía, yo lo justificaba afirmando: Soy un caballero español.
           Muchos años después, con mis alumnos dando lecciones de buen hacer en el restaurante del Quai d'Orsay de París, ante el maitre que nos había puesto pegas a la entrada y al final alababa su buen comportamiento,  presumí diciendo: Son  niños españoles.
            Hoy me parece sin sentido alguno. ¿Español? 
            Avergonzado por la actuación del gobierno de mi país, hacia dentro y hacia fuera.  Molesto por la farsa que un grupo de españoles ha montado en Bruselas haciéndose víctimas de una persecución ridícula. Asustado por la falta de sentido común en los grupos que se hacen llamar partidos políticos. Temiendo la llegada de unas elecciones en que seguramente mis conciudadanos volverán a votar en mayoría a los pertenecientes a la famosa "casta" de uno u otro signo.
            ¿Por qué tiene importancia el lugar en el que hemos nacido? ¿Qué es ser de aquí o de allá?                                                                                    Bastante complicado se hace ser humano viendo al presidente de USA, el aplastante triunfo del sionismo, la indecente falta de respeto a los derechos humanos en  Arabia Saudí, los millones de emigrados forzosos por toda la faz de la Tierra,las guerras tan feroces como inútiles salvo para las arcas de los muy poderosos, el hambre, la injusticia, la barbarie. 
           ¡Déjenme de nacionalidades! Acepto, a duras penas, ser humano. Ya es bastante vergüenza.
            Y vamos a "Exilio" 

                                                         Continúa  
 CAPÍTULO TERCERO.- En que se habla de lo acontecido en nuestra casa en los años siguientes al cumplimiento del edicto. De los cambios habidos en mi educación durante ellos. De las noticias que hubimos sobre los ausentes. De las nuevas asechanzas y de lo que mi padre dispuso para evitarlas. Del viaje a La Hueta y las primeras impresiones en ella. 
Ese verano la vida en la casa se desenvolvió sin demasiados cambios. Para el niño que era, la diferente celebración de las festividades carecía de importancia. En cierto modo la supresión del descanso sabático suponía mayores posibilidades de movimiento. Los domingos íbamos a la misa en la mañana y me dejaban participar en las fiestas de los patios. Aicha vigilaba mis andanzas en esos días ante la posibilidad de que se repitieran mis contactos con los alimentos cristianos de forma desordenada. No me habían quedado ganas de repetir la experiencia tras casi una semana de indisposición.
Lamentablemente la catequesis con el odioso fraile continuaba. Ahora habíamos de prepararnos para ser buenos cristianos. Debíamos aprender todas las oraciones, y los fundamentos de su religión, harto superficialmente aprendidos. Es verdad que ya no me pellizcaba. Estaban también mis hermanas, los criados que no habían tarea y Aicha cuando podía.
Lo peor era que el fraile se había aficionado a mi compañía y parecía dispuesto a hacer de mí un santo y sabio doctor de la Iglesia. Cuando acababa con los otros me hacía quedarme un rato para mejor profundizar en mi formación. Eso decía.
En principio mi instrucción religiosa pareció ser su más importante misión. Recitar de memoria las oraciones en latín no fue demasiado difícil. Algunos coscorrones y pellizcos más costome el entonar los cánticos adecuadamente y a su satisfacción. La traducción de todos ellos me familiarizó con aquella antigua lengua y pronto me pude valer por mí mismo en textos más complejos.
Cuando su sabiduría, poca como comprendí más adelante, no bastó para responder a mis preguntas sobre el sentido de ciertas frases o palabras, no era en exceso culto el malhadado dominico, pidió permiso a mi padre para llevarme ante un superior de su orden mejor preparado en la lengua latina. Concediolo aquel. Yo pensé que no habría de ser peor y acepté de grado.
Era el tal superior un anciano fraile de aspecto enteco y mirada penetrante que causome a primeras una desagradable impresión. Con el tiempo pude comprobar que su aspecto estaba reñido con su verdadera naturaleza. Cuando no estaban presentes ninguno de sus hermanos de religión era amabilísimo y me trataba con gentileza y siempre con gran consideración.
Según colegí más tarde había sido converso en su juventud y tomado los hábitos sin sentir una especial llamada llevado por la posibilidad de hacer estudios superiores en la Universidad de Salamanca. Allí había llegado a ser Maestro de Artes. Nunca llegué a conocer por qué azares había cambiado las aulas universitarias por un puesto de consejero junto al Inquisidor Provincial de Jaén.
 Mi instrucción religiosa dio un giro completo junto a Fray Mateo de la Concha, que así se llamaba. Por lo pronto dejé de estar obligado a acudir a la catequesis con el fraile de los pellizcos.
Después del almuerzo Aicha me acompañaba hasta el convento los primeros días, luego iba solo. Allí me reunía en una sala a modo de biblioteca con fray Mateo. Durante la tarde era el lugar más fresco y silencioso. Más adelante, cuando mi conocimiento del latín fue aumentando, los días disminuyendo y el calor amainando, salíamos al claustro o a la huerta, lugares más del gusto de mi maestro y, por supuesto, del mío.
Fray Mateo partía de las oraciones que yo conocía de memoria, para hacerme comprender el significado y las razones del uso de unas u otras palabras, de las flexiones, variantes y posibles combinaciones. Aquel juego de búsqueda me llegó a gustar tanto que, en cuanto pude, llevábame a casa copias para practicar. De ese modo antes del invierno tenía un conocimiento considerable del latín eclesiástico.
Al  final de lo que es entre cristianos tiempo de adviento entendía el texto completo del misal. Muchas veces mejor que el celebrante de la misa, en la mayoría de los casos frailes de mente ruda y conocimiento escaso. Mi maestro decidió entonces cambiar nuestro tiempo de estudio a las mañanas, para mejor aprovechar la luz solar. Así, nada más levantarme, tomaba un ligero desayuno y acudía al convento hasta mediodía. La mayor parte de los días habíamos de refugiarnos, por el frío, en la biblioteca, mas, a la menor posibilidad, salíamos, las más veces recogiéndonos en un lado del huerto donde quedábamos al socaire.
No permitía mi maestro escribiera nada, habiendo de confiar a la memoria las frases y variantes del libro que, en su momento estuviéramos leyendo. Si habíamos comenzado por textos religiosos; misales, libros de horas y hagiografías; al cabo de un tiempo utilizábamos otros de mayor enjundia. Así conocí algunos textos de Orígenes, de Jerónimo, Agustín y otros que llamaban Padres de la Iglesia. Con los años llegarían textos paganos de Cicerón, Horacio, César, Virgilio y, sobre todo, Salustio, muy del gusto de mi mentor. Yo prefería los discursos de Cicerón y el Canto Primero de la Envida. Este último era lo único que teníamos de Virgilio y llegué a sabérmelo de memoria.
En los últimos tiempos llegó incluso a dejarme leer las Sagradas Escrituras. Poseía una copia de la Biblia Hispalensis cuyo latín dejaba mucho que desear. Supe también que estaba en posesión de una Biblia de Ferrara, la que llamaban hebraica, pero nunca me dejó ni siquiera verla.
De una paciencia infinita, repetía cuantas veces fuera necesario sus comentarios, animándome en todo momento. Mis errores eran interpretados siempre como RES PAUCA.
--Poca cosa Ramirillo. Hasta los mayores sabios se equivocan alguna vez.
Mientras, los aciertos eran valorados en mucho.
--Muy bien, hijo. Así, así. Con la mente abierta para entender lo oculto, sin empecinarse en los errores. Que no te desanime la dificultad.
 Durante los años que me mantuve bajo su tutela, mi conocimiento del latín llegó a ser tan amplio que él y yo dejamos de hablar la lengua vulgar. Sólo cuando estábamos sin compañía. Teníame advertido no permitiera que mis conocimientos fueran de público dominio. Convenciome de que era preferible.
--Es preciso mantener ocultas las riquezas del espíritu, pues hay ladrones de la sabiduría como del oro y la plata. Y, desgraciadamente, la riqueza ajena es siempre causa de envidia entre los humanos. Muestra sólo lo imprescindible en cada momento. Usa de tus saberes con la mayor prudencia, que no te venzan la adulación ni la vanidad.
En eso pensaba como Aicha con la lengua árabe. Fue él quien me enseñó  la escritura correspondiente. Hálleme así, al cabo de unos años, capaz de leer y escribir en latín, en árabe y en la lengua común. Mi única desazón era que había de mantener ocultos mis conocimientos sin poder lucirlos ante nadie que no fuere de la mayor confianza.
 Quedando excluidos de ese concepto no sólo los conocidos casuales, sino incluso los criados y hasta mi hermano y mis hermanas. Hubiera podido decírselo a mis padres, pero éstos no solían mantener conversaciones sino superficiales conmigo. Así pues, sólo Aicha sabía de la extensión de mis conocimientos, aunque no creo comprendiera muy bien su calidad ni importancia.
Acababa de pasar mi decimotercer año. Seis hacía que el buen fraile se había encargado de mi educación, cuando, aquejado de no sé que humores malignos, se fue apagando como una candela sin aceite.
Los últimos meses me recibía en su propia celda. Primero sentado en un sillón que mandaron mis padres, luego, cuando las fuerzas no le dieron para más, recostado en su propio lecho. No quiso que abandonáramos las lecciones aun cuando su voz se iba tornado más y más débil. Los últimos días sólo por señas, me indicaba la lectura, moviendo la cabeza en uno u otro sentido.  Los frailes me permitieron asistirle casi hasta el último momento considerándome un pequeño novicio.
Murió por la noche. A mi vuelta, en la mañana, le encontré ya amortajado y a punto de ser trasladado a la capilla conventual donde se celebrarían las exequias.
Roto con su muerte el vínculo que me unía al convento, dejé, de acuerdo con el juicio de mis mayores, de acudir. En los últimos días ir al convento no me resultaba agradable. Continuaba haciéndolo por el amor que profesaba al anciano fraile.
De un lado era habitual encontrarme con algún grupo de arrapiezos que me insultaban llamándome marrano, perro judío o lindezas semejantes. De otro, casi nunca estábamos solos fray Mateo y yo, por lo cual no me hacía leer otra cosa que el misal o el breviario. Conocíalos yo de memoria, pero no me dejaba hacer corrección alguna aun a sabiendas de su pobreza y los muchos errores que contenían.
Entendía que, falto de confianza en sus hermanos de religión, no quería llamar la atención sobre mis conocimientos. Todo ello hacía tedioso lo que hasta entonces había sido placentero. Con todo, no dejé ni un día de acudir a la visita, procurando eludir a los muchachos y comentando con libertad solamente cuando se ausentaba el fraile de compañía.  
Aquellos habían sido años de tranquilidad. Las actividades de mi padre y mi hermano se mantenían, procurando siempre que sus socios, cristianos viejos, tuvieran la parte de mayor resonancia pública, quedando ellos en un segundo plano.
De Elihá y Sara habíamos sabido en su momento la llegada a Amberes. Tras atravesar Castilla y Portugal, habían embarcado para Gales y posteriormente hacia Flandes, donde habían llegado antes de pasar dos meses de su salida de Jaén. En posteriores epístolas supimos del establecimiento de Elihá como mercader de gemas, su matrimonio y el nacimiento de hasta dos hijos varones. Manteníamos con ellos una relación cordial aunque muy espaciada. Madre lloraba siempre cuando nuestro padre nos leía sus esquelas. Aunque las noticias eran buenas, llevaba muy a mal el desconocimiento de sus nietos, tanto como la separación de su hija mayor.
 Dos años antes de la muerte de mi maestro, cuando el reino de Portugal expulsó a los miembros de nuestro antiguo pueblo, hubo mucho revuelo en los negocios familiares, habida cuenta de las relaciones comerciales que se mantenían con Lisboa. Menor resonancia tuvo, a corto plazo, la expulsión del reino de Navarra, en el año de la muerte de mi fraile. Sin embargo, a partir de entonces, las cosas comenzaron a enturbiarse para los míos.
El antiguo converso Hernando de Talavera, después arzobispo de Granada y confesor de la Reina Isabel hasta hacía poco, fue cuestionado por el Tribunal de la Inquisición. Esto, si bien estaba más relacionado con su protección a los mudéjares que a los judíos, abrió una nueva corriente de sospecha contra los que no hacía mucho habíamos abandonado la Sinagoga. Multiplicáronse las pesquisas de los inquisidores y, aunque el  General, Tomás de Torquemada, dada su edad avanzada, había sido sustituido por cuatro adjuntos, y, en ese mismo año moriría; el siguiente, fray Diego de Deza, tomaba el poder con nuevo y no menos peligroso, para nosotros, espíritu.
Si Torquemada, dado su origen judeoconverso, se veía arrastrado por una sospechosa furia y había sido causa de la expulsión y persecuciones posteriores como medio para eliminar los últimos vestigios del pueblo de Yahvé; el de Deza, de una antigua familia de cristianos viejos, buscaba más la eliminación del poder económico y comercial de los nuevos cristianos. Baeza y Úbeda, donde los cristianos de antiguo tenían mayor poder económico, fueron privilegiadas frente a Jaén en que los conversos mantenían un floreciente comercio.
Por consejo de los amigos y socios de mi familia, se creyó conveniente trasladarnos, de forma temporal, a las tierras de la sierra de Segura. La floreciente alquería de La Hueta; a la que nosotros llamábamos aún por el nombre antiguo, Al Guatá; nos acogería el tiempo preciso hasta que la enemiga de los dominicos se apaciguara un tanto. Los asuntos de la Corte parecían abundar en lo beneficioso de esta decisión. Los Reyes sostenían una lucha encubierta por el poder contra la nobleza, y las empresas hacia el Nuevo Mundo, Nápoles, Galicia y los condados pirenaicos predecían una estabilidad futura.  
Con cautela, sin ningún boato, se fue trasladando el ajuar familiar hasta la alquería. En la primavera, siete años después de la expulsión, llegamos a las tierras que, pensábamos, habían de ser nuestro escondite a salvo de la furia de los inquisidores.
Mi padre, una vez más, nos había reunido en la sala de respeto, la que ahora presidía el Cristo crucificado. No era lugar de nuestro gusto, aquella imagen nos traía los peores pensamientos, pero él parecía tenerla como lugar idóneo para examinar los grandes acontecimientos. De hecho, cuando se recibían noticias de Sara y Elihá, era allí donde nos leía lo escrito o nos contaba lo sabido. De ese modo, aunque no todo lo a menudo que hubiéramos deseado, habíamos sabido de la vida que llevaban allá en los reinos del norte.
Cuando estuvimos todos, nos hizo sentar en torno a él y a mi madre antes de plantearnos la situación.
No me gusta. Cada vez nos reunimos aquí. ¡Ese Cristo muerto! CRUX DUM PENDEBAT FILIUM. El hijo colgando de una cruz. No he conseguido acostumbrarme. ¿Por qué ese gusto por  lo macabro? ¿O es un invento para infundir miedo? ¿A los demás les pasará lo mismo?
Nadie habla.
No me han dicho nada antes. Debieron. Soy un hombre. Pronto se cumplirá mi decimocuarto año. Sé lo que pasa. Aicha lo comentaba en la cocina. ¡No me gusta ir allí! Ella no se da cuenta de que ya no soy su niño. Grita y grita.
--¡Mi corderito!
Y todas esas tonterías.
Sí la quiero, claro está. Pero, cuando grita esas cosas delante de todos, me da vergüenza. O cuando ante las muchachas dice cosas sobre... Antes no me importaba,  cuando pequeño, pero ya...
Fray Mateo sí me trataba como a un hombre.
--Los viejos somos niños atrapados en un cuerpo caduco. SENECTUTE CONFECTUS LAUDATOR TEMPORIS ACTI ME PUERO SUM. Agobiado por la vejez elogio el tiempo de mi niñez. Tú me permites ser yo mismo. BREVE TEMPUS AETATIS. ¡Demasiado breve el tiempo de nuestra vida!
¡Querido maestro! Ahora ya no. Ya nunca. En mi memoria. HIC IN MEMORIA MEA PENITUS INSEDIT. Grabado permanece. Sí. Muy profundamente. 
                                                     Continuará.


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