jueves, 21 de diciembre de 2017

¡JARTO!

      Me sale en extremeño o en andaluz. Lo encuentro más sonoro.
          Me da vergüenza este país. Hipócrita, materialista, cerrado. Políticos basura, casta de borregos, incapaces de hacer otra cosa que darse palos entre si a medio enterrar en los detritus. 
          Ridículos nacionalistas de un lado y otro que intentan darnos gato por liebre. 
         ¡Que asco! ¿Democracia? ¡Camelo!
          Al final hace como que manda el más abyecto, el menos honrado, el que mejor sirve a los intereses de los amos.
          Alguien dijo: "Contra Franco vivíamos mejor" 

          Y entonces aún nos quedaba la esperanza.
           Pero sigamos con la novela si os parece.


                                     (INTERIOR DEL TRÍPTICO, ALA IZQUIERDA)
                                                               LIBRO PRIMERO 
RUBÉN
                             
                          

CAPÍTULO SEGUNDO.- Donde se habla del edicto de expulsión, de las providencias habidas por mi padre para evitar el mayor daño, de los sentimientos que inundaban mi ánimo y de las consolaciones que hallaba en quienes bien me querían. Ítem más la preparación para la conversión familiar y las ceremonias consiguientes.

Tuvimos conocimiento de lo que iba a suceder tras ser llamados por mi padre al salón que presidía la menorá y donde, en su momento, celebrábamos la Pascua. Aún lucía el sol.
Allí, a más de las ceremonias solemnes, resolvía mi padre sus asuntos, trataba con sus asociados o, en ocasiones, se retiraba sin que comprendiéramos, yo al menos, la razón de su aislamiento. Ni mis hermanas ni yo teníamos habitualmente entrada. Únicamente para las celebraciones traspasábamos aquella puerta. Sólo Jacob, el primogénito, acudía cuando mi padre lo consideraba conveniente.
Nabá bar Aram, mi padre, era un hombre fornido. Los pequeños, de hábito, apenas le veíamos. De estatura mediana, con el cabello encanecido, ojos profundos y barba recortada, vestía con sencillez.
Le recuerdo sentado en un escabel junto a la chimenea, apagada por la calidez del tiempo. Nunca había pensado en él como en un hombre viejo o joven. Era el padre.
Ese día, quizá por primera vez, me resultó próximo aun cuando algo como un peso en el vientre me impedía sentir otra cosa que temor.
Detrás, en pie, Jacob, mi hermano mayor, el primogénito. Miraba hacia abajo aparentemente compungido. Mis hermanas habían llegado antes y se habían sentado junto a mi padre en el suelo, excepto Sara que se apoyaba al borde de la chimenea. Todos permanecían quietos, esperando.
Faltaba mi madre.
Un rayo de luz atravesaba la habitación desde lo alto.
El polvillo bajaba flotando en la luz. El olor de la chimenea, agrio y familiar. Los colores, blanco, ocre y gris de los ropajes de los hombres, blanco y rosado en las mujeres. La mancha de sol en la piedra del suelo. Recuerdos que permanecen en mí, fijos a través de los años. Igual que las palabras de mi padre, sencillas en apariencia mas cargadas de algo que no acertaba a comprender.
Todo junto me encogía el ánimo.
Comienza a hablar. Sus manos. Alargadas y pálidas. Me gusta verlas. Habla con ellas como con las palabras. Ahora caídas sobre el regazo, como muertas. Algo frío me recorre la espalda.
--Os he llamado a todos por la importancia de la decisión que he tomado de cara al futuro de la casa de Bar Arám. Jacob, vuestro hermano y mi primogénito, está de acuerdo en que nada se haga sin vuestro conocimiento por cuanto os ha de afectar más adelante.
Se detiene, como si le costaran trabajo las palabras. No entiendo de qué habla.
--La situación de los asuntos de la ciudad, de los reinos, ha cambiado para nosotros. La reina de Castilla y el rey de Aragón, de los cuales hemos sido siempre súbditos leales, han proclamado la expulsión de los judíos en sus territorios.
Calla. Toma aire. Parece que le costara trabajo respirar.
--Aunque hemos conseguido el plazo máximo para la aplicación del edicto, esto nos obliga a abandonar esta ciudad y el reino antes de terminar el mes de julio. Este mismo año.
Silencio. Nadie habla. Tampoco yo. Sara, ahora de pie junto a la chimenea, solloza sonoramente. ¿Por qué? ¡Tengo miedo! No entiendo nada. ¿Qué pasa? No sé de reyes ni de edictos. ¿Abandonar esta ciudad? ¿Quién tiene que abandonar esta ciudad?
 Miriam y Susana miran a mi padre como idas.
--Antes de esa fecha tenemos que estar al otro de las fronteras.
No comprendo qué quiere decir. ¿Tenemos que estar al otro lado? ¿De dónde?
--Aun cuando nuestros bienes están en gran parte asegurados por cartas de débito en Lisboa, Amberes y Génova, la mayoría de nuestras tierras, esta casa y las fincas de labor, habrían de malvenderse. Incluso Al Huata, tan cara a todos.
 Al Huatá. Ha de ser La Hueta. Hablan tanto de ella. Madre dice que estuve cuando era muy pequeño. No recuerdo.
--Los gastos de desplazamiento seguro hasta cualquiera de las ciudades fuera de estos reinos supondrían una cuantiosa sangría en vuestros ajuares, más los trastornos que para todos supondría el traslado.
Otro silencio. Una sombra empieza a cubrir la estancia. Se ha borrado el chorro de luz que entraba por la ventana.
--Aconsejado por amigos y deudos de los cuales fío siendo ellos cristianos me he propuesto abandonar la Sinagoga para abrazar la fe en el Cristo evitando de este modo el destierro.
El llanto de mis hermanas, esta vez las tres a la vez, no me deja oír. Ganas de llorar también. No sé por qué. Pero soy un hombre y no puedo ante las mujeres.
Mi padre ha parado de hablar. ¿Espera a que dejen de llorar? No les dice nada, ni las mira siquiera. No tiene esa mirada de enfado que da malos sueños. Es otra cosa, como si una pena le anduviera dentro. El ruido de los sollozos más quedo.
 ¿Jacob? No se mueve. Tiene la mirada triste. Sabe de lo que mi padre está hablando. Se adivina. Seguro que antes se lo ha dicho a él y ahora repite para nosotros. Mis hermanas parecen oírlo por primera vez. ¿Habrá llorado Jacob antes, cuando se lo dijo? ¿Él? No, seguro que no. Y eso que si no estaban las mujeres…
Padre lloró una vez. Le vi. Cuando murió el abuelo. Aicha me hizo llevar unos lienzos a sus aposentos. No sabía que estaba. Entré y me miró. Tenía lágrimas en la cara y respiraba a golpes. Baje la vista al suelo y me retiré a toda prisa. Pero no me miró con la mirada de fuerza. Más como ahora.
Habla. Muy quedo. Me esfuerzo para entender todo.
--Aunque es cierto que nuestra familia no se distinguió nunca por el cumplimiento demasiado estricto de las ceremonias ni por su fervor en la sinagoga, no lo es menos que la de esta ciudad se ha mantenido gracias a nuestras donaciones y recursos. No es mi costumbre pedir consejo a menores, aún menos si mujeres, sobre las decisiones tomadas. Sin embargo, de acuerdo con vuestro hermano Jacob, he preferido en esta ocasión consultar vuestro juicio. Lo grave de la situación me hace obrar hoy de este modo.
Parece cansarle hablar. Respira muy hondo. Oigo como le entra el aire. ¿Continua?
--Si alguno decidiere salir de esta mi casa por permanecer fiel a Yahvé, deseo haya tiempo de recabar lo necesario y puédase así enviarle allende estos reinos, con nuestros corresponsales de Amberes donde sería bien acogido. Los gastos derivados descontaríanse de su correspondiente hijuela.
Me lo explicó Aicha. La parte que me toca de la herencia. La llaman así. Hijuela. Pero eso es cuando alguien se muere. ¿Y ahora? Nadie se va a morir. ¿Dónde está madre? Le miro a la cara. Algo ha debido notar. Prosigue mirándome.
--Vuestra madre, a quien comuniqué mi decisión en primer lugar, está de acuerdo y hará lo que yo disponga. Hubiera querido estar con nosotros, pero ha tenido una seria indisposición. No debe preocuparos. El físico la ha atendido sin encontrar motivo grave y supone se repondrá en breve.
Raro. Padre habla sobre la salud de mi madre. Algo está pasando. Nunca habla de las mujeres. No delante de mí. ¿Que ocurre? No soy un cretino, ni una criatura, pero no entiendo nada. ¿A que viene contarnos que madre está enferma? ¿Desde cuando él habla de esas cosas? ¿Qué hago yo aquí? No me atrevo a moverme. Aicha dijo que viniera y padre me ha mirado y no ha dicho nada. Es tan extraño.
--Retiraos a vuestros aposentos donde meditareis sobre lo que habéis de hacer. Mañana, al alba, nos volveremos a reunir. Será entonces cuando habréis de tomar una decisión que me obligo a aceptar.
Se ha callado y vuelto de espaldas. Estamos todos, hasta Jacob, como si sobre nuestras cabezas pesara una piedra. ¿Esperamos? Quietos. Sara, pálida como un lienzo, sale en primer lugar. Muy rápida. Hace un saludo que casi no se nota. Se va corriendo.
Susana y Miriam siguen llorando. Se apoyan entre sí. Lloran y lloran. Se van despacio, la una recostada sobre la otra.
Me acerco a padre. Aicha dice que he de hacerlo siempre antes de retirarme. Tomo su mano diestra. La beso. Me mira. Nunca así. Tiene los ojos muy abiertos, llenos de agüilla. La boca se le tuerce como si quisiera sonreír y no pudiera.
Parece decir algo. No entiendo, ni siquiera le oigo. Muevo la cabeza diciendo que sí. Su mano en mi cabello. Lo acaricia. Casi como lo hace madre algunas veces. No sé qué hacer. Miro a mi hermano. Siempre me guiña el ojo. Hoy no. Tiene la vista puesta en padre y el ceño fruncido. Como si yo no existiera. Me voy. Nada entiendo. Me paro aquí en el corredor nada más pasar la puerta.
He cumplido mi séptimo año. Comprendo las palabras y lo que quieren decir. Pero hoy no consigo enterarme de nada. ¡Ha sido todo tan extraño!
Corro a los aposentos de madre. Ella me explicará.
¡La puerta está cerrada! Madre no cierra nunca del todo. Sé abrir. No me atrevo. Padre ha dicho que ha venido el físico. ¿Estará muy enferma? No, no voy a levantar la falleba. Quizá esté durmiendo. Mejor me voy. ¡Aicha! Ella me dirá lo que pasa.
Las cocinas. En medio de los peroles, preparando las comidas de mañana. Es jueves. Mañana no habrá tiempo de preparar todas las cosas y por la tarde será el Sabbat. Tengo que contarle lo que ha pasado arriba, con mi padre y mis hermanos.
No me da tiempo. No sé cómo se entera. Nada hay secreto en la casa para Aicha. Deja lo que esta haciendo, se limpia las manos en el halda y viene hacia mí gimoteando. Trae abiertos los brazos como para salvarme de un perro enrabiado.
--Mi niño, mi pequeñito. ¡Ven con tu Aicha! ¿Quién te ha asustado? ¡No tengas miedo tú! Mi leoncillo. Nadie va a hacerte daño o tendrá que vérselas con las manazas de Aicha.
Me ha cogido en sus brazos y me estrecha contra sí como si yo fuera una criatura. Normalmente eso me enfurece y la rechazo. Hoy me dejo mecer, necesito sentirme a salvo. Su melopea, aborrecida otrora, es ahora bálsamo. Lo sabe y usa su canturreo para adormecerme. Al tiempo me aclara.
--¡Mi borreguito de oro! Nadie contra ti. El señor ha decidido hacernos cristianos y tu Aicha será la primera en encender cirios a los santos del Cristo. Yahvé se va a llamar Jesús. El sabbath será en domingo y la sinagoga estará en la iglesia que antes fue de los moros. Mi leoncillo de Judá no ha de temer a nadie mientras esté con su Aicha.  Nos pondremos ropas limpias y nos comeremos el pan de la iglesia. El señor dejará de usar bonete y cambiaremos la menoráh por el crucifijo. Vendrá el fraile en vez del rabino. ¡Y ya está!
Todo parece muy claro cuando lo explica Aicha.
--Y agora siéntate. Aquí, junto al hogar. Mucho por hacer. Todavía somos judíos y mañana es el sabbath. ¡Hasta que no nos echen el agua seguimos siendo judíos!
Lo dice con rabia. Lo noto. También parece a punto de llorar. Pero nunca se sabe cuando llora y cuando ríe. Es así. Sigue trajinando sin parar de hablar.
--¡Meter a mi niño eso en la cabeza! ¿Qué más le da a él? ¡Que decida, que decida! ¡Va a decidir a sus años! El señor haga lo que quiera. Mi niño hará lo que le manden sus padres. El joven señor podrá decidir. Hasta Sara, que es mujer ha mucho. Y las pequeñas a quienes falta poco. Mi pequeño se estará tranquilo. Se dejará echar el agua y lo demás que haga falta. Y su Aicha con él. Ya nos contarán.
Se detiene. Me mira. Se le alegran los ojos, muy abiertos.
--¡Traeremos una Miriam de arcilla, la más bonita del mercado! Le pondremos cirios encendidos delante, como en las casas de los gentiles. Ella nos protegerá y cuidará de los Bar Arám y de sus siervos como es debido.
Vuelve a mirar lo que está haciendo. No para.
--Y oiremos los latines de los frailes y tampoco entenderemos nada, como cuando lee el rabino en hebreo. A mi niño y a su Aicha se les da una higa ser lo que les manden. Ya sabrá él qué hacer cuando crezca. ¡Déjenmelo hogaño descuidado! ¡Tiempo habrá para zozobras!
Aquí junto a la lumbre, oyendo el murmullo de Aicha, todo es seguro. Me acurruco. Aquí no están serios. Esperar. Tranquilo. Ella lo ha dicho. Tengo sueño. Es temprano, pero...
...¿Qué pasa? Estoy en la sala. Todas las candelas están encendidas. La mesa puesta. Sentado a la diestra de mi padre.  Hay una copa de vino ante cada uno. ¡También la mía! ¡Y una bandeja con las matzoh!  ¡Y la escudilla con el maror!
¡Lo sé! ¡Es la noche del Séder en la Pascua! ¡Claro! Por eso nos lavamos las manos antes y me han dejado que beba un poco de vino rojo. No me gusta. Sólo mojé los labios. No había mucho más.
Padre sirve la segunda copa. A mí un poquito.  Y ahora tengo que cantar las cuatro preguntas.
Ya no me preocupa. Sé que lo hago bien. Y no me da vergüenza. Sé leer el libro aunque no lo entiendo. Sé lo que quiere decir, sí, pero la mayoría de las palabras se me escapan.
Todos me miran. Me gusta. Pendientes de lo que voy a decir, a cantar. Hago eso con la garganta antes de empezar. No me hace falta, pero lo hago. Empiezo.
--Mah nishtanah halaylah hazeh mikol haleylot? ¿Qué diferencia hay entre esta noche y las demás noches?
Madre sonríe satisfecha. Lo estoy haciendo bien.
Ahora las preguntas: ¿Quién soy yo? ¿El inocente? Aicha dice que el sabio. No estoy seguro. No sé bien todas las leyes del Pesah. Sé preguntar y no soy rebelde. A mí sí me habrían salvado de Egipto.
¿Por qué se oscurece todo? Las velas se apagaron de golpe. Todavía no he cantado las preguntas. Ni siquiera la primera.
--Sebejol haleylot...
Nadie me escucha. ¡Han desaparecido todos! ¿Dónde están? No hay ninguna luz. ¡Tengo miedo! ¿Aicha? Tampoco. ¡Las preguntas! ¡No me acuerdo! ¿Es que ya no soy...? 
 Estaba en Pascua. Todo se volvía oscuro…
Abro los ojos y ya es noche. Estoy tumbado en un escaño. Aicha me coge en brazos. Me levanta. Rezongando.
--¡Vamos ya, mi rosa del desierto! Te dormiste. Aicha ha hecho una gacha dulce con miel y te va a llevar a dormir en la cama. Mañana, cuando el señor llame, irás como un corderito y le besarás la mano. Cuando te hable, le escucharás callado. Si te pregunta cualquiera cosa, has de decirle que bien está lo que él ordene. Y nada más. ¡Decidir mi niñito! ¿Hay orates en esta casa? Decida el señor lo oportuno. A los niños y a los siervos nos toca obedecer.
¡Que buenas están! ¿Demasiada miel? No. Me gusta así. Muy dulces. Rebaño la escudilla.
--¡Bueno, bueno! Ya fue bastante por hoy. No has de llegar al lecho con la barriga demasiado llena.
Me coge en brazos.
--Aicha. Tuve un sueño raro. Era el Pesah y...
--Los sueños son sueños mi niño. ¡Deja que se vayan! Ahora duerme.
Me arropa. ¡A gusto!
De pronto es la mañana. Aicha ha, sin duda, dormido a mis pies. ¿Cómo cuando estoy enfermo? Aún bosteza. Trae  jofaina con agua y me adoba como si fuera a una fiesta. El jubón huele a mejorana y espliego, y las calzas no tienen ni un remiendo. ¿Nuevas? Estoy alegre.
 Me lava y viste. Habla y habla. Vamos a ser cristianos porque si no nos echarán de la casa y tendríamos que andar de un lugar para otro. Mi padre lo ha decidido y yo tengo que besarle la mano y decirle que haré lo que ordene.
Una fiesta. A la tarde, como siempre, celebraremos el sabbath. Ha hecho pastel de pichones y dulces de almendra. Estoy contento aunque ir otra vez a la sala no me agrada. Aicha dice que todo está bien y así ha de ser. Ella no me engañaría. Iré sin protestar.
Mi padre nos llama. Enseguida. José, su criado, me conduce. Entro despacio. Un frío me corre por la espalda. Está madre. A sus pies Miriam y Susana, sentadas. En pie, detrás, Sara. El rostro sombrío. El señor Nabá, así le llama Aicha, pasea de un lado a otro, inquieto. Entro justo detrás de Jacob que lleva un legajo en la mano. 
--¿Lo lograste?
Padre se dirige a Jacob como a un su igual. Mi hermano no es el mozo alegre de otras veces. Nadie está alegre hoy. ¿Yo? No sé.
--Sí, padre.
También habla de un modo nuevo delante de padre. Firme, con voz fuerte.
No sé qué hacer. Permanezco en pie, separado de las mujeres. Todos miramos a padre. Parece leer con detenimiento lo traído por Jacob. Al fin habla. Su voz ha cambiado. Como si algo se le hubiera atravesado en el gaznate y no consiguiera tragarlo.
--Vuestro hijo y hermano me trae confirmación de las malas nuevas que otrora os adelanté. Léelas, Jacob. Conozcan así la ignominia que nos obliga.
No puede continuar. Parece, de pronto, más viejo. Sus hombros descienden. Inclina la cabeza.
Dejo de mirarle para escuchar a Jacob que lee en voz no muy alta. Pongo toda mi atención. Quiero enterarme por mí mismo sin esperar a que Aicha me lo cuente.
  No sirve de nada. La mayoría de lo que dice es incomprensible. Entiendo el sentido y lo que significan sus palabras, pero algo se me escapa, como el fondo de lo que está contando.
--Nos en consejo y parecer de algunos prelados y grandes caballeros y de otras personas de ciencia y conciencia de nuestro Consejo, habiendo habido sobre ello mucha deliberación, acordamos de mandar salir a todos los judíos de todos nuestros reinos, que jamás tornen ni vuelvan a ellos, ni a alguno de ellos…
Su voz se quiebra con un sollozo contenido. Mi padre, vuelto de espaldas mueve la cabeza como temblando. Mi madre y mis hermanas derraman lágrimas. Abrazadas. Me recuerdan los piñones en una piña.
Habla de los judíos. Nosotros somos judíos. Alguien manda que salgan, que salgamos, de sus reinos. No entiendo lo que sea eso de sus reinos. Y ¿quienes son ellos?
 Ver a todos llorando me pone muy triste. Me echaría a llorar si no viera a Jacob rehacerse y tragar saliva. Yo también me aguanto. Sigue leyendo. Despacio, muy despacio.
--...Y sobre ello mandamos dar esta nuestra carta, por la cual mandamos a todos los judíos y judías de cualquier edad que sean, que viven y moran y están en los dichos nuestros reinos e señoríos, así los naturales de ellos como los no naturales, que en cualquier manera y sombra hayan venido o estén en ellos, que hasta en fin de este mes de julio, primero que viene de este presente año, salgan con sus hijos e hijas, y criados y criadas y familiares judíos, así grandes como pequeños, de cualquier edad que sean…
Nuevamente le falla la voz. Intenta contener el aliento. Suspira fuerte. A la postre viene a romper en llanto.  Dejo de contener  mis lágrimas y gemidos. Si lo hace Jacob.
Todos se vuelven hacia mí. Mi madre, por señas, me indica su halda para sentarme. Nunca ha hecho eso a lo que recuerdo. ¿De pequeño? Puede. Soy un hombre y es trato de mujeres. Con Aicha es diferente. ¡Pero mi madre! Y delante de todos.
 Hoy no me importa.
Corro hacia ella. Me acurruco en su regazo. Mi llanto se calma. Ya no estoy triste ni tengo ganas de llorar. Se está bien aquí sintiendo el olor de madre. Jazmín y pan cocido. Me gusta.
Padre continúa la lectura. Jacob se apoya en la chimenea. No se le oye, pero sé que llora. Los hombros y la cabeza se le mueven.
--…Y que no sean osados de tornar a ellos, de viniendo, ni de paso, ni de otra manera alguna; so pena de que, si lo hicieren y cumplieren así y fueren hallados en los dichos nuestros reinos y señoríos, o venir a ellos en cualquier manera, incurran en pena de muerte y confiscación de todos sus bienes para nuestra cámara y fisco; en las cuales dichas penas caigan e incurran por el mismo hecho y derecho, sin otro proceso, sentencia ni declaración.
Calla la voz de padre. Estoy tan feliz, recogido en el regazo de mi madre que he olvidado todo el asunto. Sé que ha de ser importante y debo entender bien lo que se dice, pero siento este calor. Es mi madre. ¡Este olor! Me entra sueño. Las palabras flotan en la oscuridad. ¡Aicha me lo explicará! Después.
--Lo leído es la parte que nos atañe del edicto dado por los reyes de Aragón y Castilla, nuestros señores. Buenos amigos hannos aconsejado no malvender nuestra hacienda yendo al destierro. Antes bien nos recomiendan el abandono de la Sinagoga y la aceptación del bautismo de la Iglesia. De ese modo eludiríamos la orden de expulsión. Al ser cristianos nada nos tocaría del edicto.
Las palabras vienen como flotando. Las oigo claras. No las entiendo. ¡Tan bien aquí!
--Yo, con el acuerdo de vuestra madre, he consultado al primogénito. Jacob ha reconocido la conveniencia de la conversión. Séanos testigo Yahvé de la fuerza que se nos hace. Para nosotros, ya mayores, esta decisión será, seguramente, definitiva. Para vosotros, con toda una vida por delante, el paso puede ser temporal, bien hasta que podáis salir de estos reinos, bien hasta que los reyes, entrando en razón, deroguen este edicto que daña al pueblo judío y también a la administración y beneficios del reino de Castilla...
Calla de nuevo. Asomo la cabeza. Tiene los ojos bajos. Algo dice muy quedo.
--...Y a la postre a todos los reinos. Mal que les pese. El pueblo de Yahvé habita Sepharad desde mucho antes que vinieran las hordas del norte. Ha visto entrar a los musulmanes como agora los vio caer. En todo tiempo fuimos necesarios para el comercio y la industria de los señores de una u otra parte. Otrora fuimos perseguidos, mas nunca echados. Lo que hoy los reyes consideran un beneficio para calmar a los ambiciosos que pretenden enriquecerse con nuestros despojos, será, no lo dudéis, un mal del que habrán de arrepentirse. Tened paciencia y guardad en vuestros corazones la esperanza de una entrada en razón de estos que hogaño sólo ven el momento y su bolsa.
La voz de Sara parece surgir de sobre mí. No sé cómo se atreve a hablar. Lo hace conteniendo el llanto. Nunca la he oído levantar la voz delante de mi padre.
--¿Y yo, padre? ¿Qué voy a hacer yo? Vos me prometisteis a Elihá. Soy su esposa y este verano habría de cumplirse nuestra boda. Ahora tengo que pensar en lo que mi esposo decida. ¿Acaso él renegará también?
Madre la coge de la túnica con fuerza. Jacob se vuelve hacia ella con la mano levantada. Padre avanza hacia él. Le sujeta la mano.
Tiene la voz desconocida, dulce y cálida, casi de mujer.
--Sara. Sabes con cuanta ilusión acepté tus desposorios con el joven Elihá. Su padre, mi amigo Moisés, ha trabajado para esta casa como lo hicieron antes su abuelo y el padre de éste. Tu madre y yo sentíamos rebosar de alegría nuestro corazón cuando te pidió para su hijo. Era el sello de una larga amistad y nada podía satisfacernos más. No he hablado con ellos sobre su intención al efecto. Quise primero consultar a los míos y quisiera conocer lo que cada uno de vosotros decide. Rompo con ello una tradición que os obliga a acatar lo que yo ordene. Pareciome negocio en exceso grave para echar sobre mis hombros toda la carga. Sea cada uno libre para seguir o no mi elección. Vuestra madre y Jacob han querido compartir mi suerte. Tú, Sara, podrás esperar la decisión de tu esposo según dices. Hablen pues Miriam y Susana. Sin miedo. Lo que ellas elijan será cumplido.
Las dos parecen refugiarse una en otra. Siento el cuchicheo que mantienen durante un momento. No entiendo nada. Susana, siempre más decidida, se adelanta un paso..., dos... Miriam avanza detrás, escondiéndose tras ella.
La voz parece temblar. También yo lo haría. ¡Hablar a mi padre delante de…!
--Padre. Yo y Miriam no somos nadie para decidir en asunto tan grave. Hemos aprendido a obedecer y eso haremos ahora. Sea lo que mandéis y juzguéis oportuno.
Me va a tocar a mí. ¿Qué digo? Es mi madre la que habla ahora. Su voz por encima de mi cabeza.
--Nabá. No es mi hábito levantar la voz ante mi señor. Día grave aquel en el cual la madre debe romper su silencio. Estas niñas no pueden hacer otra cosa que seguir lo que decidáis. Lo que... decidamos. ¿Podrían ellas acaso vivir fuera de nuestra casa? ¿Quién velaría por su dote? ¿Cómo podrían exponerse, solas, a un  viaje tan largo? Su sitio y su fe serán los nuestros. Ni ellas ni Rubén se separarán de nosotros y harán lo que hemos decidido. Niñas, tenéis el permiso de vuestro padre para retiraros. Y tú Rubén, no te hagas el dormido. Ve con Aicha. Besad la mano a vuestro padre e id a prepararos para el sabbath.
Ninguno espera a que se repita la orden. Nos adelantamos uno a uno hasta nuestro padre. Le besaremos la mano. Me da un poco de miedo. Tras haber oído a mi madre, agacho la cabeza. Tomo la mano de mi padre. ¡Blanda!  Voy a besarla. Se mueve. La siento bajo mi barbilla. Me levanta la cabeza y me obliga a mirarle. Su mano está caliente y parece sin fuerza. Levanto la mirada. Sus ojos están ahí. Abiertos, tristes, ¿cariñosos? Nunca he mirado a mi padre así. Sus ojos en mis ojos. ¿Ha tenido siempre esa mirada?
Al dejar mi barbilla me acaricia el cabello.
--RecuérdaloRubén. Recuérdalo siempre. Fuiste consultado. ¿Estás de acuerdo en hacerte cristiano?
Su voz me llega de muy lejos. Triste, dolorosamente me mira. Trago saliva. Se me ha secado la garganta. No puedo hablar.
  Las palabras de Aicha me llegan y las digo de carrerilla.
--Bien está lo que ordene mi señor padre.
Me oigo decirlo. Como un eco. Las palabras que ella me dijo. Sigue mirándome. Por sus mejillas corren lágrimas. Agacho la cabeza, me inclino ante mi madre. Salgo. Tengo frío.  




CONTINUARÁ

                                                               

domingo, 17 de diciembre de 2017

ANTES DE LA PAUSA

       Necesito hacer un descanso antes de seguir con la publicación.
           En todo caso quiero dejar terminado el primer libro. Es el más breve y puede hacerse un poco pesado. Sin embargo me parece importante para dar sentido a todo lo que va a contarse después. 
            Os recuerdo que corresponde a la table exterior izquierda del tríptico.
             Tras de la pausa, intentaré tomar el ritmo de un capítulo semanal dividido en dos o tres partes, según su extensión. Será "Rubén" el primer libro del interior, correspondiente a la tabla interior izquierda. 
                                                                   
                                                                   Continúa

             Una antigua granja morisca, que perteneció a los míos en los dorados tiempos del califato, recomprada en los años del tercer Fernando, se había reconstruido partiendo de las ruinas de una villa romana. Vinculada a Segura a través de su arrabal, Orcera, abría sobre un valle lleno de arroyos y cascadas por lo cual la habían llamado Al Guata o La Hueta.
Aquella feraz tierra de leche y miel fue, y volvió a serlo en varias ocasiones, sereno refugio contra las asechanzas de las turbas. Allí permanecieron el tiempo suficiente para que las aguas volvieran a su cauce. Cuando al fin los amigos de Jaén les aconsejaron el regreso lo hicieron cambiando su residencia a un lugar de las afueras.  Menos accesible en caso de nueva revuelta.
Casi todos sus antiguos compañeros de la sinagoga habían renegado del Dios de Abraham y se habían hecho bautizar con el agua y la sal de los cristianos.
No fue éste el caso de mis abuelos. Permanecieron fieles al Libro y a la Ley, si bien procurando no hacer exhibición de ello. Sólo unos pocos judíos mantuvieron la fe de sus mayores. La gran mayoría, hartos de persecuciones y matanzas, optaron por la vinculación, real o aparente, a la religión de la cruz.
Incluyo aquí una carta escrita por mi abuelo Ezra a un su amigo en tierras de Flandes. Carta que me fue dada muchos años después por los descendientes del corresponsal y en la cual se muestra la perspicacia y sabiduría de mi antepasado.
     “De Ezra Bar Arám en Jaén a su amigo Mamfrid bar Amos en Amberes.
Sea contigo aquel a quien adoraron nuestros mayores.
Aprovecho el envío de cartas de pago, de las cuales la mayor parte es en depósito para posibles necesidades futuras, alejando tus preocupaciones sobre nuestro estado.
Pasados los tiempos de revuelta hemos seguido en ésta, donde aún somos respetados.
Muchos de los nuestros han abandonado la Sinagoga en favor de las iglesias. Nosotros seguimos fieles a nuestra fe.
Han sido muchos los daños sufridos por nuestro pueblo. En lo posible hemos atendido a los necesitados, las viudas y los huérfanos.
Los asuntos han medrado y la situación de la casa de Arám es buena. El Consejo de Jaén ha preferido nuestro buen hacer a la conversión, en la cual, por otro lado, nadie cree.
Evitando la exhibición de las diferencias y actuando de acuerdo con la justicia, seremos más eficaces y ganaremos el aprecio de los que bien piensan.
Esto no deja de costarnos cargas y prestaciones pagadas a unos y otros. Sean para bien.
Con todo, no abandonamos nuestros intereses en otras partes y mantenemos buenas relaciones con nuestros asociados de esos reinos.
La gran sequedad, la falta de alimentos, las pestes y el afán de guerra mantenido por algunos grandes señores, serán causa para forzar a los gobernantes tomen graves decisiones hacia el pueblo de Israel.
Pronto empezará a recelarse de los ahora convertidos y habrá llantos y dolor. Séanos ahorrado mientras no llegue lo peor.
La paz contigo y los tuyos.
Siempre contamos con vuestro auxilio como vosotros haréis con el nuestro.
Tu amigo: Ezra”. 
Aún no habían secado las lágrimas de las plañideras tras la muerte de mi abuelo cuando se hizo verdad lo que había predicho.
En mil y cuatrocientos cuarenta y nueve se publica en Toledo la sentencia de Pero Sarmiento por la que se impide el acceso de los conversos a los cargos de gobierno.
Veinticuatro años más tarde la sangre de muchos cristianos nuevos, como les llamaba el pueblo, correrá por el Guadalquivir desde Úbeda hasta Córdoba.
Como siempre, descontentos, señores mal afortunados, bajos intereses y la credulidad del ignorante pueblo dieron difusión a monstruosos infundios, calumnias infames, esta vez dirigidas contra los más o menos recientes conversos, los llamados marranos.
Los míos, si bien habían renunciado a una situación de opulencia y a la exhibición de su fe, fueron respetados e incluso protegidos, no sin cesiones en oro y tierras a sus protectores.
Al unirse los reinos de Castilla y Aragón en las personas de Isabel y Fernando, las ideas políticas de los príncipes les llevaría a decisiones que acabarían con todas las sinagogas de Sepharad, llevando a nuestro pueblo a una nueva diáspora de aquella tierra, suya desde más de catorce siglos.
Quizá para acallar las calumnias, o para tener un vínculo que uniera a sus vasallos, solicitaron los príncipes a Roma la instauración del llamado Tribunal de la Inquisición. Y les fue concedida. Este alto tribunal había sido creado por el papado para inquirir y castigar las doctrinas contrarias a la ortodoxia dentro de la cristiandad. Al mismo tiempo que el papa Gregorio noveno instituía la Inquisición, se establecía en Francia y Germania la pena de muerte para los herejes. Ocurría en el año de mil y doscientos treinta y uno.
 Nada tenía que ver con nuestro pueblo el dicho tribunal pues hacía muchos años que Gregorio Magno había concedido a los judíos el derecho a practicar su culto libremente. Además, muchos príncipes habían promulgado leyes protectoras. El emperador Enrique había concedido protección real en el decreto llamado Paz de Maguncia en los primeros años del milenio cristiano.
Pero las llamadas cruzadas habían levantado contra los nuestros odios y persecuciones.
Adviérteme don Diego, no caiga en repetición de lo ya escrito en anteriores páginas. Hago ruego a quien esto lea, tenga paciencia y no se arredre en la lectura cuando así suceda.
Continuamente vienen a la memoria de este anciano los relatos escuchados en su niñez. No quisiera agobiar con ello al posible lector, mas tampoco querría que ningún recuerdo, por mínimo que fuere, quedara en olvido. Así, excúseseme las, a veces inútiles, divagaciones y las farragosas repeticiones.
Mi pueblo, de quien intento ser fiel memoria, cuyo único delito fue mantener sus tradiciones lejos de su origen, ha sufrido demasiado para no recordar de continuo sus muchos duelos.
Una vez más dejo aquí constancia de la bondad y tolerancia con que, salvo raras excepciones, hemos sido acogidos siempre en tierra de creyentes. El Islám nos permitió en sus reinos practicar libremente nuestras leyes. Sean por ello dadas gracias al Altísimo. Humildemente invoco su protección sobre quienes así nos tratan con humanidad y compasión.
Pronto vino el tiempo de tribulación del que ya he hablado y nuestro pueblo sufrió con paciencia en espera de tiempos mejores.
Los príncipes de Castilla y Aragón con su matrimonio, en el que tuvo parte alguno de los nuestros, rompieron a la larga el equilibrio. Su mano sería el alto tribunal de la Inquisición.
Primero fue la depuración de las muchas varianzas, llamábanlas herejías, habidas en su religión. Pronto la mirada del Gran Monstruo, el inquisidor general, un fanático fraile dominico, Torquemada de nombre, se volvió hacia los conversos. Su saña no tuvo límites. Decíase que era adorador del fuego, de ahí su interés por ofrecerle víctimas inocentes.
Autos de fe llamaban a las sangrientas orgías en las que se envilecía, torturaba y quemaba, no a los criminales que campaban por los arrabales de las ciudades siempre que pudieran presumir de limpieza de sangre, sí a las pobres gentes cuyo delito fuera tener algún abuelo judío.
Los reyes entretanto se afanaban en la conquista del reino de Granada para unirlo a su ya larga lista de posesiones. Aprovechando las peleas entre los últimos descendientes del reino nazarí, uniendo de este modo en una causa común a sus ambiciosos nobles, sostuvieron una guerra de cerco que poco a poco dio el resultado deseado.
En el desgraciado año de mil cuatrocientos noventa y dos, el mismo en que el reino de Granada se unía a la doble corona, el mismo en que llevando el pabellón de Castilla tomaría posesión de las tierras allende los mares el genovés Colón, se decretó la expulsión definitiva e irrevocable de todos los que profesaban la fe de Abraham.
Los judíos debíamos abandonar la tierra que durante siglos y siglos habíamos enriquecido y administrado. La dulce Sepharad, la tierra de las aguas y la luz, la bien amada que había hecho olvidar a muchos la esperanza en Erez Israel, se volvía fruto prohibido.
Alguno de los nuestros, bienquisto en la corte de los reyes, no en vano buena parte de las grandes empresas de éstos se habían gestado con el oro de las arcas judías, intentó mediar para que la expulsión fuera diferida.
No hubo acuerdo. Era intención de Isabel y Fernando unificar en todos sus reinos la religión. Sólo la conversión a la Iglesia del crucificado podría librarnos de aquella condena.
La fidelidad a Yahvé era incompatible con la permanencia en nuestra tierra. Para no abandonar lo que nos pertenecía habíamos de sacrificar nuestras almas en los altares gentiles.
Aún era yo muy niño por entonces, pero la solemnidad con que se produjeron los acontecimientos, la trascendencia que posteriormente alcanzaron, el horror seguido y la huida prolongada de la persecución, dejaron huella indeleble en mí. Intentaré relatar los hechos con la mayor fidelidad.
Mi viejo corazón se yergue violento ante el recuerdo de aquellos tristes días.
Al tiempo, una suave dulzura invade mis sentidos recordando los aromas de la casa paterna. Acíbar y miel inundan mi paladar, calofríos de gozo junto a pesadumbre de dolor recorren mi cuerpo gastado.
Veo los rostros queridos que el tiempo o la maldad de los hombres alejó de mi lado. Acuden a mis ojos, ya de torpe visión, las lágrimas por lo perdido junto con los gayos colores en las ropas de mi querida Aicha.
Luces y sombras. Silencios y voces. Paréceme que nacieran en mi cabeza con su frescura original los sonidos de los ropajes al rozarse, de las maderas crujiendo, del fuego chisporroteando en la chimenea.
 Un dolor como de desgarro interior se une a la suave calidez de la evocación.
Sepharad la bella. La hermosa tierra de la luz.
Los bosques por los que corría, los arroyos en los que mojaba mis pies. Las cálidas noches de verano bajo el brillo de las luces celestes. La niebla de los almendros en flor, el rumor de los pájaros, los suaves vientos...
¡Sepharad...!
                                                   FIN DEL PRIMER LIBRO.             


viernes, 15 de diciembre de 2017

SIGO CON EXILIO

      Al menos durante dos días más seguiré usando la conexión del teléfono móvil para terminar de publicar esta parte. es la más corta y espero no quedarme sin megas. Después esperaré a que la compañía me conecte de nuevo ya con fibra óptica. Veremos.Gracias por vuestra paciencia. 
                                         CONTINÚA
         Un mi antecesor fue llamado a Córdoba. Dio su consejo y su aportación en oro para la corte de Abderramán el Grande. Abú Joseph ben Hasday ibn Shaprut.
Quiero hablar aquí de este gran hombre de mi casa, que tanta gloria dio a nuestro pueblo, sin por eso dejar de servir a su señor el califa de Córdoba bajo cuyo gobierno Al Ándalus fue respetada por todas las naciones.
Conociendo el gran rey la sabiduría de Abú Joseph, mandaba con frecuencia mensajeros pidiéndole consejo. Él contestaba a su señor como sus conocimientos le permitían y durante un tiempo fue éste su único trato con el soberano. Hasta el día en que el Califa, tras las conquistas en el norte de África, acuciado por los problemas que la administración de sus extensos estados le suponía, quiso tenerle más cerca.
Tres veces correos del palacio subieron por el antiguo Betis, ahora Guadalquivir, hasta la casa, siempre sencilla, de mis antecesores. Invitaban al sabio médico a compartir la suntuosidad de la ciudad califal como consejero. Por tres veces Abu Joseph resistió el atractivo de la mayor corte de su tiempo alegando la humildad de su persona y enviando al Califa de Córdoba presentes dignos de su magnificencia. Tornaron los mensajeros con una orden expresa. El fiel súbdito descendió con ellos y, vestido con sencillas ropas, fue presentado a Abderramán.
Se cuenta que el gran rey descendió de su alto trono, abrazó al que todo el orbe conocería como Hasday, mi antecesor, y haciéndole despojar de sus ropas le cubrió con un manto bordado en oro y pedrería sentándole a su lado. A partir de entonces sería su médico, su consejero y su ministro plenipotenciario para tratar con los monarcas extranjeros.
Durante los años que vivió en Córdoba sirvió a su señor en todo aquello que le era pedido. Negoció con la reina Doña Toda de Navarra, estrechando las relaciones con su reino que rendía vasallaje. Fundó, con el beneplácito de Abderramán la primera escuela europea de Medicina,  con extraordinarias curaciones como la de Sancho I de León. Se dice que viajó a Bizancio para negociar con el emperador Constantino VIII y fue allí donde conoció y tuvo tratos con el reino judío de los Kazares que se decía situado junto al remoto mar Caspio.
Me honra pensar que aquel gran hombre me precedió en el viaje al Oriente y que, antes que yo, estuvo en Estambul cuando todavía era conocida como Bizancio, la capital del Imperio de Oriente.
No fueron únicamente sus actividades como médico y político las que le elevaron por encima de los hombres de su tiempo. Hombre de amplísimos conocimientos y lenguas, tradujo al árabe el libro de Dioscórides de Cilicia sobre el uso de las plantas y la farmacología de su tiempo. Su preocupación por nuestro pueblo le hizo fundar en Córdoba la gran Escuela Talmúdica que llegaría a estar a la altura de las de Jerusalén y Susa.
Cuando murió los judíos siguieron bajo la protección del Califa. Córdoba llegó a ser un centro de conocimientos y seguridad para nuestro pueblo. Rabinos de toda Europa acudían buscando la sabiduría atesorada. En sus tierras de origen, siguiendo las doctrinas de Roma, eran discriminados y perseguidos. En vano el Papa Gregorio, al parecer un hombre honesto pese a su cargo, les había concedido derechos de ciudadanía y libertad de culto. La sombra de la cruz romana sembraba el terror y la muerte entre los siervos de Yavé, mientras la media luna era luz de esperanza. 
Pero no era el brillo y el esplendor de la corte atractivo suficiente para los míos. Durante los muchos años de bonanza, tras el regreso y muerte de Hasday, siguieron viviendo en Jaén, respetando las leyes y manteniendo su extensa red de relaciones. Sin dejarse llevar por la ilusión de una prosperidad siempre inestable. Nunca se negaron a pagar los impuestos debidos a los que mandaban, procurando en todo momento que sus dependientes no sufrieran las mudanzas de los grandes. Y si el crecimiento aparente no llamó nunca la atención, las ramificaciones de nuestros intereses eran una fina urdimbre que llegaba desde el helado norte hasta las costas de África, desde el lejano Catay, a las islas de Britania.
Los nuevos señores de Sepharad, a la que ellos llamaban Al Ándalus, corrigieron el agravio de las leyes contra los judíos promulgando otras que les favorecían. Su sabiduría se extendió a los siervos que pronto sintieron sobre ellos la mano benevolente de los nuevos dueños. Las ciudades se enriquecieron con su patronazgo y una era de prosperidad se abrió para nuestro pueblo.
Enemigos de las representaciones humanas, una delicada artesanía, más próxima a nuestra sensibilidad que las idolátricas pinturas y esculturas cristianas, se divulgó por todo el mundo musulmán. Esto hizo renacer el comercio suntuario. De nuevo fuimos los judíos quienes llevamos por todo el mundo los tejidos, la cerámica y la orfebrería a la que tan aficionados eran los poderosos.
De nuestro pueblo dependía el comercio entre la lejana Persia y los reinos de Occidente, entre los pueblos del África y los países del norte. Las sedas de Catay, el incienso indio, la algalia de Abisinia, las semillas del Yemen tan apreciadas como misteriosas, las especias de Ceilán y otras tierras distantes. Todas pasaban por manos judías antes de difundirse en las cortes europeas.
Ya a finales del siglo noveno, los Radanitas, dedicados al establecimiento de comercio con el Lejano Oriente, controlaban las cuatro rutas hacia Catay. Ibn Chordadbe el persa, que llamó con  aquel nombre a los fieles de Yahvé, las dejo descritas.
La que partiendo de Faran en el Delta del Nilo, pasaba por Petra, Kulsun y Jidda para llegar a la desembocadura del Indo y de allí a las Islas de las Especias, el reino de Siam y el sur de Catay. Traía la seda, la pimienta y el incienso.
La que unía por mar Brundisium al sur de la península italiana, con Tiro y Sidón al pie de los altos montes del Líbano, para luego pasar por Damasco, la capital del Califato de Oriente, Susa y Punhadita en Babilonia, llegando por Basora a la India, de donde venían la plata y el marfil labrados.
La tercera recorriendo el norte de África desde Fez hasta el Nilo y después por Palmira, Bagdad y Samarcanda hasta Tarín y, a través de las grandes altitudes, al reino de Catay. Aportaba los exóticos perfumes, las sedas bordadas y los muchos ingenios que allí se inventan.
Y aún una más, partiendo de la ciudad de Praga por el reino judío de los Kazares y por el Oxus junto al Caspio, llegando hasta las mesetas centrales de la Mongolia de donde venían caballos y pieles curtidas.
Una rica correspondencia permitía a los hombres de Israel el contacto con las escuelas talmúdicas de Jerusalén y Babilonia con el fin de completar la Guemará, unificando los comentarios rabínicos que Yehuda ha Nasí había compilado en la Misná. A las sinagogas de Al Ándalus llegaban los comentarios de los Gaones, presidentes de las Academias Babilónicas y se difundían desde allí a París, Viena, Buda o Kiev, de modo que el Talmud se unificaba para todos los que esperaban el Erez Israel.
Cuando el Califato se descompuso rompiéndose en tantos reinos que era imposible contarlos con las manos, nuestra casa fue respetada por los nuevos gobernadores, como lo fue nuestro pueblo.
Las ciudades de mayor importancia se constituyeron con su alfoz y zonas de influencia en verdaderos reinos independientes. Redundó en beneficio del pequeño comercio e Israel vivió una etapa más de esplendor que llevaría a muchos a lo que sería su ruina cuando, una vez más, los cristianos tomaran el poder. 
La llegada de nuevos pueblos desde el otro lado del mar, beréberes, almorávides y almohades, llevó las olas hasta nuestra ciudad, pero nunca como tormenta sino como marejada controlable. Pese a los cambios de dueño  Jaén siguió prosperando gracias al esfuerzo y dedicación de los míos.
Si en un principio los invasores trajeron en su fanatismo algunos trastornos, más graves con los almohades que llegaron a  intentar la expulsión de aquellos que no se convertían al Islám, pronto hubieron de recurrir, como siempre, a los servicios de los nuestros para mantener el comercio y la prosperidad.
Pero del norte venía una galerna mucho más fuerte y que traería mayores daños. Poco a poco se habían ido gestando pequeños reinos, empujados por mil causas, en un entrelazado de influencias y presiones, rebeldías y violencia. Galicia, Asturias, Cantabria, Segorbe, Ribagorza, la Marca, Barcino. Pequeños señoríos  creciendo inexorablemente. Uniéndose, disgregándose, creciendo y avanzando. Más tarde León, Castilla, Navarra y Aragón, agrandándose a medida que la molicie y la vida cada vez más grata se establecían en los reinos bajo la Media Luna. Aprovechando la debilidad de los pequeños taifas, los cristianos fortalecieron sus ejércitos. Guerreros del norte, de Francia, de Britania, de los principados germánicos, vinieron en su apoyo con la esperanza de botín y tierras. Incluso frailes, clérigos y obispos, llegaron con sus mesnadas a luchar contra el Islám. Con ellos venía la enemiga contra nuestro pueblo atizada siempre por la Iglesia Romana.
Los árabes habían encontrado en Al Ándalus un paraíso. El norte les interesaba poco. Aparte del reino de Zaragoza y las zonas del río Ebro, sus tierras soñadas estaban en la costa y en el sur. Donde el calor se dejaba sentir y las aguas de las montañas permitían regar las feraces tierras. Nunca gustaron de las húmedas y frías zonas del norte. Las cedían sin demasiada resistencia a las hordas de los sedicentes pueblos cristianos.
Así Al Ándalus fue una trampa para ellos como lo fue para nosotros Sepharad.

Su belleza se metía en la sangre hasta que formaba parte de nosotros y nosotros de ella. Como un hechizo pagano, sus encantos nos impedían ver los peligros de aquella compenetración.
Sepharad, de suave temperatura casi todo el año.
Dulces inviernos en los que la nieve de las montañas deja paso a la blanca floración de almendros y cerezos. En que luce el sol tras la nieve y la lluvia, sin que el frío enturbie la belleza de su luz.
Vivas primaveras cuando la tierra florece por doquier. Los blancos tomillos cubren de falsa nieve las laderas. El silbo de las aves llena el aire de música. Los ríos abundan sus aguas encharcando orillas y bajíos.
Estíos plomizos que hacen desear la frescura de los arroyos y las fiestas nocturnas. La celebración al atardecer de las ricas cosechas.
Otoños lujosos en los que el ocre de las hojas caídas sirve de realce al verde de pinos y encinares.
¡Sepharad, Al Ándalus...! ¡Cómo te añoran mi espíritu y mi cuerpo! Me duelen los centros del ser al recordarte. Tal es la nostalgia que me embarga.
Los hombres del norte no se habían dejado encantar por la tierra. Luchaban. Entre sí la mayor parte de las veces. Con los moros, como ellos llamaban a los musulmanes por su procedencia mauritana, otras.
Y de vez en cuando, como respondiendo a una necesidad en periodos de tiempo no demasiado duraderos, sobre todos los pueblos de la península se extendía una etapa de paz y concordia. Musulmanes, cristianos y judíos conseguían vivir en paz. Los distintos reinos establecían relaciones comerciales fructíferas dejando al margen las diferencias de religión que eran respetadas por todos y cada uno.
Más al norte, al otro lado de los montes que llaman Pirineos, con el aguijón de Roma se gestaba una dura persecución contra los judíos. Sólo algunos cristianos, hombres buenos pese a sus creencias, intentaron proteger los derechos del pueblo de Israel a vivir en paz.
Al haber prohibido la Iglesia el préstamo entre los suyos, fueron judíos los que mantuvieron esta necesaria servidumbre, creándose una animadversión contra ellos aprovechada por los poderosos y los clérigos cuando convenía a sus intereses. De allí, del otro lado de las sierras Pirenaicas iría penetrando en la península, trasladado en los cálices áureos de las iglesias, un veneno que contagiaría a los habitantes de Al Ándalus el odio hacia nuestro pueblo.
En los países del norte, comenzaba una época de terror. Las Cruzadas abrirían la caza de judíos en los reinos cristianos. Acusados de profanaciones y sacrificios humanos totalmente ajenos a ellos, serían perseguidos hasta la muerte. Comenzaban las terribles matanzas, progroms dicen los asquenazíes, en que perecerían miles y miles de hombres y mujeres cuyo único delito era no ser infieles a Yahvé.
Para unificar de algún modo los enfrentados reinos cristianos, había comenzado a hablarse de la conquista de Jerusalain entonces en poder del Islám. Pero la primera reacción fue la persecución y matanza de los judíos en toda Europa. Se inventan disparatadas acusaciones para justificar el asesinato y la confiscación de los bienes. Las escuelas talmúdicas de Pern, Paris y Viena, fueron destruidas. Se quemaron los barrios de los judíos y se apuñaló a los pocos que conseguían huir del fuego.
Algunos lograron llegar al sur. Fue así como algunos asquenazíes, así llamábamos a los judíos del norte, pudieron sobrevivir. La mayoría se refugiaron en las islas del Mediterráneo, en el reino de Zaragoza o en la Provenza. Otros consiguieron llegar hasta Sevilla, Córdoba o Jaén y con la ayuda de los nuestros se establecieron en alguna de sus aljamas. Se afirmaba que el mismo Alfonso VI de Castilla, tuvo entre sus gentes asquenazíes guerreros para la toma de Toledo.
Las luchas continuaban, pero los Bar Arám permanecieron sin notoriedad durante los acontecimientos que fueron dando la victoria a los reinos del norte. Cambiaban los señores, pero sus buenos oficios les seguían haciendo necesarios en la administración y el comercio.
 Sólo una minoría de cristianos podía leer su propia lengua. ¡Cuánto menos las ajenas! ¿Cómo entenderse con los nuevos súbditos? ¿Quién había de mantener el comercio, cobrar los impuestos, regular la administración, redactar y escribir las leyes que promulgaban? En el pueblo judío los niños aprendían a leer y escribir en hebreo y en árabe. Entre los musulmanes leer el Corán era un deber religioso. Pero los cristianos decían las oraciones de su religión en una lengua que no entendían y hablaban en otra que ni leían ni escribían. Sólo los clérigos y algunos próceres tenían mayor cultivo, pero reservaban su saber para ellos y los suyos.
Al Mutamid, el rey poeta de Sevilla que desposó a una lavandera cuando ésta le ayudó a terminar un poema. Ibn Zaydun de Alcira que enseñaba en la madrasa sus canciones a los  pequeños lectores de los suras coránicos. Ibn Hazam de Córdoba cuya poesía amorosa y erudición no han tenido rival. Averroes, también cordobés, traductor y comentarista de Aristóteles, que tanto influiría sobre nuestro Maimónides. El zaragozano Avempace cuya filosofía fue divulgada en hebreo por Moisés de Narbona. Eran impensables entre los cristianos. Sólo la guerra y el fanatismo movían a estos.
Como las tormentas en el mar, las guerras estallaban y terminaban. Poco a poco todo volvía a ser como antes. Y así hubiera seguido. Pero el odio de la Iglesia contra la Sinagoga le hacía ir socavando la mentalidad de las gentes, de los grandes, de los reyes.
En el mil y doscientos quince, al final del cuarto concilio de Letrán, los obispos cristianos impusieron el confinamiento de los judíos en barrios cerrados con un horario que les impidiera salir o entrar cuando quisieran. Prohibición de ocupar cargos públicos porque ningún cristiano fuera sometido a judío. Obligación de llevar ropa distinta o, en todo caso de portar una marca claramente visible. Todo valía para aplastar la fuerza de nuestro pueblo.
Algunos reyes como el emperador Federico II les reclamó como siervos directos. Así impedía las matanzas, pero los ataba a las veleidades del rey que se enriquecía a  costa del sufrido pueblo de Israel.
Al principio pocos príncipes obedecían los preceptos eclesiásticos. Conocían muy bien su necesidad del saber hebraico. Mas la presión de Roma fue consiguiendo dar forma a una persecución sin clemencia. El concepto de la esclavitud de los judíos que tiene una apariencia espiritual cuando es enunciado en sus prédicas, se fue convirtiendo en algo material, azuzado desde los obispados que no querían detenerse hasta la destrucción total de nuestras gentes.
Después vendrían las expulsiones bajo pena de muerte. Primero en Inglaterra en mil doscientos y noventa, luego en Francia, Colonia, Estrasburgo, Nuremberg. Y la prohibición de desplazamiento en los territorios del Imperio y de Venecia.
Los que consiguieron escapar se refugiaron en las tierras del sur. Sepharad fue para todos una luz hacia la que tendían sus atribulados ojos. Y con razón. Ninguna tan hermosa. ¡Sangra el corazón de este anciano al recordarla!
Mientras, Al Ándalus fue cayendo en manos de los cristianos del norte. Fernando III de Castilla conquistó los reinos de Badajoz, Sevilla, Jaén y Murcia. Los judíos empezaron a situarse en su corte pese a la enemiga de los clérigos que levantaron calumnias de toda índole.
La corona de Castilla comenzó a vivir una etapa de paz y riqueza en la que los judíos vinculados a la administración tuvieron buena parte. Los reyes de Castilla establecieron un orden nuevo, repoblaron las zonas desiertas, regularon la circulación de ganado. La paz se extendía como el óleo derramado.
Se conservaba en mi casa el relato de un anciano de la familia. Viajaba al Toledo cristiano del décimo Alfonso de Castilla. Hablaba de la seguridad de los caminos, de la buena acogida en las ventas donde se juntaba gente de toda laya, de la grandeza de la ciudad. Y, sobre todo de la convivencia dentro de sus murallas. Y del centro de estudios fundado por el propio rey, en el que sabios rabinos, clérigos cristianos y estudiosos islámicos se dedicaban a la traducción y el estudio de los antiguos textos. El griego, el latín, el árabe y el hebreo eran lenguas comunes para aquellos. Habiendo sido invitados no por sus creencias o su riqueza sino por su sabiduría y conocimientos, estableciose un centro que habría de irradiar a todo el mundo. Cierto que el propio rey componía cantigas en las que se zahería a los judíos, pero no parecían ser sino consejas recogidas del pueblo llano siempre dado a hacer burla de aquello que no entiende.
Estos remansos de paz, estos oasis de sabiduría y buen hacer terminarían pronto a causa de las intrigas y de las ansias de poder de clérigos y frailes.
Al igual que la Toledo de Alfonso, la Córdoba de Averróes, la Zaragoza de Avempace, la Sevilla de Almutamid, el Santiago de Gelmírez, serían ínsulas de paz que el viento del norte, agitado por la intransigencia de la Iglesia romana, aventó como paja seca.                                         
Antes de la entrega al rey Fernando de Castilla por Ibn al Ahmar, mis antepasados ocuparon en Daquén, Jaén para los cristianos, lugar prominente. Con un breve periodo de  espera, volvieron a tenerlo en los nuevos tiempos.
En toda la península sólo quedaban como reinos independientes Murcia y Granada, aunque pagando gabelas a los reinos cristianos. Todos los demás, con mayor o menor autonomía estaban bajo el poder de los reyes de Castilla, Navarra o Aragón.
Con todo, parecía que nada iba a cambiar en lo esencial. El comercio florecía. Mandaran unos u otros, lo que había de hacerse era hecho. El saber de los nuestros les seguía haciendo imprescindibles. Nada presagiaba las desgracias que se cernían sobre el pueblo judío. Aún menos en el seno de los Bar Arám cuyas industrias y buen hacer les habían situado en un lugar preeminente de cara a su entorno.
Durante generaciones continuó esta convivencia y fue para los Bar Arám tiempo de bonanza. De los países de más allá del Pirineo llegaban con frecuencia terribles noticias. Las persecuciones contra nuestro pueblo eran fruto común en las cristianas Britania, Francia, Germania, Polonia. En el nombre del Cristo, los judíos eran exterminados. Sólo alguna ciudad les protegía con leyes en las que se les reconocía como ciudadanos. Pero eso era muy lejos. En la Península se habían olvidado los tiempos en que los bárbaros del norte nos habían aplastado bajo la mirada complacida de la Iglesia de Roma.
A los Bar Arám les había sido concedido gran valimiento en el Consejo de la Ciudad. No siendo belicosos, la guerra no era su oficio. Sí, en cambio, el asesoramiento en cuestiones de justicia, defendiendo siempre a quien tuviere el derecho. Ora como notarios y escribientes vinculados a los nobles, ora como comerciantes bien relacionados con mercaderes de lugares remotos. Pagaban los impuestos de las especias y la seda. Alguno cobró fama como orífice y maestro de orfebres. Prestaban sin usura y nunca se pudo decir que una viuda o un huérfano, cualquiera que fuere su religión, sufriera las reclamaciones indebidas de un Bar Arám. Fueron teniendo sustanciosa renta, pese a lo cual se mantuvieron siempre dentro de una situación de holgura sin lujo ni boato. Era una familia respetable y respetada.
Así, cuando las matanzas de judíos en Navarra y Aragón, muchos fueron a refugiarse en Jaén, y por mor de los Bar Arám, acogidos sin reservas.
Hasta el año mil trescientos veintiocho en que las turbas asaltaron la judería de Estella, se había mantenido en los reinos una convivencia prospera entre los tres grupos. Cada uno mantenía sus fiestas. La Sinagoga florecía entre la Iglesia y la Mezquita. Pero los clérigos cristianos no estaban satisfechos.
Al llegar el mil y trescientos uno había comenzado una época de grandes calamidades. Gran sequedad se apoderó de las tierras. Menguaban las aguas de lluvia y había carestía de pan. Al principio las gentes acudieron a las ciudades. Pensaban encontrar en ellas lo que no daba la tierra. Los asentamientos aumentaron fuera de murallas y con ellos los desocupados, los vicios y las malandanzas. Y tras ellos las enfermedades. Durante un tiempo, la previsión y buena administración de los nuestros permitió la supervivencia. Pero la peste valenciana en el mil y trescientos veintiséis colmó el vaso. Las turbas, excitadas por fanáticos y clérigos, tomaron al pueblo de Yahvé como cordero expiatorio.
Durante todo ese aciago siglo la inquina contra los nuestros fue atizada, extendiéndose su fuego primero por Navarra, luego por Aragón y Castilla. Barriendo al fin toda la península.
Unas veces la ignorancia y obcecación de algún clérigo, otras la provocación de ciertos señores para evitar el pago de deudas, muchas la envidia de los miserables atizada por el hambre, y siempre, los intereses de gentes sin escrúpulos y el de la Iglesia por exterminarnos, motivarían la inquina del pueblo llano.
Fueron muchos los judíos asesinados a lo largo de todo el siglo. Tiempo de hambres y de plagas, aprovechado por muchos para saquear nuestras propiedades, matar a los hombres, violar a nuestras mujeres y esclavizar a nuestros hijos.
En Toledo se hablaba de veintiocho mil asesinados en diez años. Ese odio contra los judíos favoreció los asaltos de los ingleses y franceses a las juderías de Briviescas y Villadiego. Leyendas inventadas por malintencionados, haciendo a nuestro pueblo culpable del asesinato de niños inocentes, excitaron al pueblo contra las juderías de Ávila, Segovia y Toledo.
Mal aconsejado el rey de Castilla impuso gravámenes a los judíos de Burgos, Palencia y Toledo. En esta última se vendieron para ello, en almoneda pública, los bienes de los judíos hasta alcanzar la cantidad de veinte mil doblas de oro. Impuesto gigantesco fuera de toda equidad.
La violencia iba en aumento.
En el norte, en el mil trescientos y uno, no había habido judería que no fuera asaltada o robada con la complicidad de las autoridades. En la Castilla andaluza, años después, un demoníaco servidor de los fuegos del infierno, Ferrán Martínez, presbítero de Écija y arcediano de la catedral sevillana, inflamó con sus predicaciones las mentes de los crédulos con perversos sermones. Nos acusaba de toda clase de delitos. Sus maldiciones se extendieron a Sevilla. En el curso de ese verano los sevillanos arrasaron las casas de los judíos fueran ricos o pobres, no sólo en su ciudad, sino también en Carmona, Écija y Alcalá. El fuego se extendió a Córdoba, luego a Úbeda, a Baeza, a Jaén.
Doquiera había una sinagoga las turbas se arremolinaron vertiendo la sangre de las víctimas judías. Castilla entera fue un lago de sangre, un mar de fuego en el que miles y miles de mártires judíos dieron su vida por fidelidad a Yahvé. Villa Real, Huete, Cuenca y luego Burgos y Logroño. Más tarde Palencia y León.
La llamada furia anti hebrea arrasó igualmente el reino de Aragón hasta Valencia. Allí el nueve de julio; unidos gentes de la ley con vagabundos, soldados y artesanos; se asaltó la judería, pasando a cuchillo, arrastrando y quemando a los que no pudieron huir a tiempo. Igual que en Játiva, Alcira y Oliva.
En agosto el mal llegó a Palma, en la isla de Mallorca, a Barcelona, Gerona, Lérida, Perpiñán y Jaca. Se atacó las juderías quemando sinagogas y casas de judíos. A los cristianos que tenían trato con ellos se asaltó en algunas ciudades.
Era una locura atizada, casi siempre, desde los púlpitos de las iglesias. Los nuestros huyeron a los reinos vecinos, sobre todo al de Granada, aún en manos de los nazaríes, donde se les acogía. También a Portugal y a Navarra, vuelta a la razón, donde se habían dictado leyes para protegerles y donde vivían a salvo.
En ese año y los siguientes, muchos, para evitar la persecución y la muerte, se hicieron bautizar como conversos. Pensaban de este modo eludir la furia de los cristianos.
Mi familia, cuya casa fue también asaltada, había sido avisada a tiempo y pudo ponerse a salvo. No sólo las personas, también las cosas de valor habían sido puestas a buen recaudo allá lejos, en la quinta de la sierra, en el alfoz de Segura, tierras en las que desde hacía siglos tenían los míos posesiones.
                                     
                                                     CONTINUARÁ